miércoles, 22 de junio de 2011

Museo Julio Correa

A pocas cuadras del centro de Luque, la antigua casona que habitó Julio Correa se convirtió en un museo. En ese escenario histórico, el poeta y autor teatral es recordado a través de sus pertenencias: pinturas, diplomas, objetos de uso cotidiano y elementos de actuaciones.
Julio Correa Myzkowzky nació en Asunción el 30 de agosto de 1890. Era uno de los personajes del teatro popular paraguayo más querido por el público. Tras su muerte en 1953, la casona que habitó quedó a sus herederos, hasta que finalmente fue adquirida por la Gobernación del Departamento Central y destinada a Museo Histórico. En  las paredes del salón que alberga los recuerdos de Julio Correa se pueden aprecia los retratos al óleo de él y de su esposa Georgina Martínez, pintados por Wolf Bandurek. Existe otro par de retratos muy bien logrados, cuyas firmas son casi ilegibles. Una serie de diplomas y pergaminos certifican los reconocimientos otorgados al dramaturgo nacional que se destacó en la escritura de importantes obras y lucidas actuaciones teatrales. 
Julio Correa fue uno de los principales realizadores del teatro en guaraní que abordó temas de la guerra del Chaco, con la inclusión de personajes campesinos en papeles significativos, Serían veinte sus piezas teatrales relativas al conflicto bélico que sostuvieron Paraguay y Bolivia entre 1932 y 1935. Las más conocidas son: Guerra aja, Sandía yvyvuy, Pleito rire y Terehojevy fréntepe.
En un rincón del salón museo está un antiguo telón de fondo que permite recordar los tiempos de auge del teatro popular. Hay también un mortero de madera torneada que se utilizaba en casa de los Correa para la preparación de los alimentos diarios y servía, en ocasiones, como parte de la escenografía. El acervo expuesto incluye bastones, rifles, lámparas, radio receptores y un sillón, tipo reposera. 
Guardada en su nicho, una imagen tallada de la Virgen María que perteneció a doña Amalia Myzkowsky, la madre de Julio Correa, revela como anécdota que fue robada durante la revolución de 1947 y recuperada años después en el Centro de Luque, por doña Georgina Martínez de Correa.
Una vitrina iluminada permite observar medallas y la condecoración de la Orden Nacional al Mérito que Julio Correa recibió del presidente Federico Chávez, en los años 50.
Otro exhibidor de mayor tamaño contiene un rifle, sellos, pipas, panfletos, escritos a máquina y recibos de su profesión de rematador público. Además, programas de funciones, asó como páginas originales de la obra Toribio.
Amado y respetado por el público, Julio Correa gozó del cariño popular hasta su muerte ocurrida en Luque, el 14 de julio de 1953. 
Con el nombre de Centro Cultural Departamental Casona Julio Correa, la Gobernación de Central administra el edificio que habitó el célebre personaje. En la vieja edificación de tres salas, pisos de ladrillos, corredor yeré y sótanos, funciona también un departamento cultural y se dan clases de guitarra, arpa, órgano y se practica artes marciales (Tae-kwon do).
El Museo Julio Correa se ubica en las calles Antequera y Julio Correa de la ciudad de Luque. Recibe la visita del público de lunes a viernes de 08:00 a 12:00, por las mañas y por las tardes, de 14:00 a 18:00. Los sábados, de 09:00 a 12:00.
Fuente:  Contacto Turístico  - Agosto 2010

domingo, 18 de abril de 2010

Museos del Paraguay

Recuerdos de Caacupé
      El Museo Histórico Cultural y Religioso de Caacupé surge por entusiasmo y voluntad de unas personas que se unen para rescatar objetos relacionados con el pasado de su comunidad. El incipiente acervo expone piezas de uso eclesial, artefactos de la vida cotidiana y recuerdos caacupeños del ayer.
            En un salón de la antigua casa que pertenece a las Hermanas Dominicas del Rosario de Montelis –a un costado del santuario de la Virgen-, que se expone el acervo del Museo Histórico Cultura y Religioso de Caacupé.
La mayoría de los objetos provienen de donaciones hechas por familias tradicionales y se relacionan con la memoria histórica de la Villa Serrana.
En un artesanal estante de madera rústica, cedido por el señor Martín Fretes, están colocadas viejas máquinas de escribir y mimeógrafos, planchas de hierro a carbón, restos de máquinas de coser, pavas, una serie de ventiladores en desuso, y los aparatos que utilizaba doña Abela Concepción González de Saucedo para elaborar hostias. “Mamá preparaba las hostias para distintas parroquias del departamento de la Cordillera y también para la iglesia de Caacupé. Desde joven se dedicó a eso y lo hizo hasta poco antes de su muerte hace una década, a la edad de 86 años”, comenta la hermana Celia Saucedo González, presidenta de la comisión que administra el museo.
La religiosa, gentil anfitriona, hace saber que dada una de las piezas tiene su propia historia. Entre las pertenencias de Monseñor Demetrio Aquino, célebre obispo que atendió la espiritualidad de los caacupeños por largo tiempo, se aprecian un atril en madera tallada que le obsequiaron los feligreses, un retrato suyo besando la mano del Papa Juan Pablo II y la mitra que utilizaba en las celebraciones eucarísticas.
Desde una deteriorada fotografía, Guillermina Farano es recordada como la reina del Club Deportivo Tte. Fariña, electa en 1954. Y, a través de un obsoleto apartado telefónico, se rinde tributo a Deidamina Fariña, telefonista pionera y luego jefa local de Antelco (Administración Nacional de Telecomunicaciones).
Partes de la antigua iglesia demolida para dar lugar a la construcción de la Basílica también conforman el acervo: existen el dintel de una puerta lateral y un balaustre del comulgatorio, donados por la señora Ana María Rivarola Matto.
Para nostalgia de los mayores, se conserva la campana de bronce que desde 1919 anunciaba a los alumnos de la escuela Teniente Fariña el inicio de clases o las salidas al recreo. No faltan los baúles de antaño, retrataos de sacerdotes y algunos elementos provenientes de la Guerra del Chaco (1932-1935). Una prensa de madera que el sacristán Gregorio Velázquez empleaba para imprimir estampas de la Virgen de Caacupé será incorporada a la colección que se acrecienta día a día. “Todavía nos falta recoger muchos objetos que las personas nos van entregando para ser exhibidos”, advierte  la profesora jubilada Judith Abbate de García, miembro titular de la comisión del museo.
La creación del Museo de Caacupé tiene como principal gestor a Osvaldo Javier Masi, quien desde su época estudiantil manifestaba la idea de habilitar en su comunidad un espacio cultural para rescatar la memoria histórica. A instancias suyas, entre los meses de octubre y noviembre del año 2006, se produjo la integración de una comisión con personas representativas para reunirse  con autoridades municipales, gestionar habilitaciones legales y colectar objetos históricos. Tras el reconocimiento municipal alcanzado en 2007, iniciaron las actividades preestablecidas, bajo la asesoría técnica de la licenciada Adelina Pusineri (directora del Museo Etnográfico Dr. Andrés Barbero). “Yo soy pariente de Don Carlos Alberto Pusineri Scala y por ese lado surge mi interés por el rescate del patrimonio histórico de Caacupé, que es mi ciudad”, hace saber Javier Masi.
“Estamos muy motivados a seguir creciendo con nuestro proyecto cultural, tenemos en vista trasladar próximamente el museo al es Mercado Municipal, pues contamos con las promesas de las autoridades municipales que van a acondicionar el local para cedernos”, concluye la hermana Celia Saucedo González, con una agradable sonrisa.
Fuente Revista ABC, Javier Yubi. 

miércoles, 24 de febrero de 2010

Tres contra uno

Muy visitada por turistas e historiadores interesados en conocer las Ruinas de Humaitá, esta localidad de Ñeembucú cuenta con atractivos museos que ser formaron con los vetigios de la Guerra de la Triple Alianza (1865 - 1870), hallados en los sitios de combates. Hoy, es tiempo de descubrir el acervo del Museo Privado Don Pilo, de doña Yolanda Verga Viudad de Candia.

A Humaitá llegan muchas visitas. Vienen delegaciones estudiantiles de todo el país, militares brasileños, argentinos, ciudadanos norteamericanos y europeos, deseosos de conocer los vestigios de la Guerra de la Triple Alianza. Sin duda, la Ruina de Humaitá, que  es el resto de la Iglesia de San Borromeo, bombardeada durante meses por la flota aliada, es el símbolo más apreciado por nacionales y extranjeros. Pero, además de ser un sitio histórico ubicado a orillas del Río Paraguay, con un paisaje excepcional para observar, Humaitá tiene algunos museos que exhiben elementos bélicos provenientes de la contienda que involucró a los cuatro países, actuales socios del MERCOSUR: Argentina, Brasil y Uruguay en contra del Paraguay. Uno de los más antiguos es el que pertenece a doña Yolanda Verga viuda de Candia. cuenta que fue su marido, José María Candia, el que inició la recolección de vestigios históricos en la época que ocupaba el puesto de Intendente Municipal.
"Estando en la Intendencia, en 1970, él creo un museo de la Guerra del 70, en conmemoración al centenario de la inmolación del Mariscal López. Y después llevó las cosas al ex cuartel de López; ahí tenía un lindo acervo. Vino don Carlos Pusienieri Scala a asesorar y organizar el museo. Ya en ese tiempo nosotros íbamos comprando partitcularmente los objetos que los campesinos encontraban en la viejas trincheras".
Doña Yolanda se admira de la cantidad de "trofeos" que le ofrecían en la época que empezó con su marido a armar la colección. "Hasta ahora se encuentra de todo. Aparecen monedas de plata, cuartillos, hasta libras esterlinas de oro", advierte con una agradable sonrisa.
Los Candia destinaron un cuarto de su vivienda al museo privado que establecieron décadas atrás. Ahí en las paredes se exhiben fotocopias encuadradas de una serie de artículos publicados en el diario Zero Hora de Porto Alegre (Brasil) sobre el conflicto armado. En uno de los capítulos se ve la foto de Doña Yolanda, bajo el título "La fan de Madama Lynch". "Yo la considero una mujer valiente", asume en relación al reportaje.
Los estantes de su museo exponen gran cantidad de proyectiles de los cuatro países contendientes, restos de las cadenas que atravesaban el río Paraguay para impedir el paso de los barcos brasileños y algunas cruces de hierro forjado que identificaban las tumbas de los soldados enterrados en el cementerio de Paso Pacú. "Una vez se fue mi marido y encontró que le dueño de esas tierras había sacado todas las cruces porque quería utilizar la tierra para chacra. Y entonces rescató lo que pudo".
En el patio, bajo enormes árboles, hay un montículo de hierro. Son esquirlas herrumbradas de los bombardeos que mataron a miles de combatientes y destruyeron la fortificación de Humaritá. Tener a la vista estos vestigios de guerra, indudablemente producen emociones y despiertan sentimientos patrióticos, a juzgar por los escritos plasmados en el libro de visitas que la anfitriona atesora. Y en sus páginas se registran también la presencia de autoridades extranjeras, diplomáticos y visitantes de todo el Paraguay.
¿Y qué representan estos objetos para doña Yolanda? "Son recuerdos de la Guerra de la Triple Alianza que nos quedan como testimonios para mostrar a las nuevas generaciones el sacrificio de nuestros antepasados. Para que ellos aprendan a valorar su identidad histórica. Conservar esto es mantener viva la memoria de nuestro pueblo".

miércoles, 17 de febrero de 2010

Jorge Salomón Jure

 Un poeta de la vida
Como muchos de sus paisanos, don Jorge Salomón Jure vino de muy lejos y se asentó en Paraguay, en los primeros años del siglo XX. Aquí desarrolló una intensa vida de trabajo y actividad cultural, dejando en alto el nombre y el prestigio de una colectividad conocida tanto por su laboriosidad como por su pragmatismo.

Los primeros años del S. XX, Paraguay, como el resto de los países de América del Sur, conoció de un incesante aluvión inmigratorio: judíos, polacos, ucranianos, españoles, árabes, además de otras nacionalidades que fueron sumándose a la vida paraguaya con el correr de los años.

Desde principios del 1900 muchas fueron las familias de origen árabe –libaneses, sirios, jordanos– que se radicaron en Paraguay. Vinieron, se establecieron y cooperaron con el desarrollo del Paraguay desde distintas actividades. Hoy, muchos de los árabes tienen su prole distribuida por toda la geografía del Paraguay y en el paisaje urbano, llegando a confundirse plenamente con los nacionales, a tal punto que no cabe ninguna distinción entre las diversas nacionalidades que conforman la sociedad paraguaya.

Lo que en un principio eran los “turcos” marginales, dejaron de serlo para integrarse como miembros plenos de la sociedad.

Y efectivamente así fue. Muchos de aquellos “turcos”, como paradójicamente eran conocidos –pues venían huyendo de la dominación turca de sus respectivos países-, hoy son respetables y respetados miembros de la sociedad paraguaya y representantes genuinos de la misma en los más diversos planos.

Importantes empresarios, dirigentes deportivos, diplomáticos y ministros, y hasta el más destacado intérprete de la música paraguaya, son de origen árabe; tal el caso del querido artista Quemil Yambay.

Pero ocupémonos en el día de hoy de un caso particular. El 1 de enero de 1910 desembarcó en el puerto asunceno un joven en la plenitud de su adolescencia. Era para este joven árabe la culminación de un largo viaje desde su Siria natal, donde había nacido en 1893, en Mujhardi. Su nombre: Jorge Salomón Jure.

Dedicó su juventud a la actividad mercantil, como lo hacían la mayoría de sus coterráneos, recorriendo la capital paraguaya, sus suburbios y pueblos vecinos. El ferrocarril le invitó a visitar pueblos lejanos, con su árganas llenas de mercaderías y repletas de esperanzas e ilusiones.

Las polvorientas y trajinadas calles de Paraguarí las acogieron entusiastas. Entonces esta ciudad era un emporio ubicado en un cruce de caminos, donde confluían caravanas de carretas trayendo frutos del país de pueblos vecinos: Itá, Yaguarón, Carapeguá, Acaháy, Ybycuí, Piribebuy, los pueblos del Guairá, etc., que luego eran embarcados en los vagones, que, repletos, los trasladaban, ya a la capital o hacia el sur, rumbo a Buenos Aires, previo paso por Encarnación.

También vivió algunos años en Villeta, entonces importante puerto comercial, hasta que se estableció definitivamente en Piribebuy, donde quedó prendado del paisaje risueño de la ciudad. En ese ambiente idílico, el fuego del amor avivó sus sentimientos y formó una ejemplar familia.

Don Jorge, como era conocido, se hizo piribebuiense. Bajo las sombras de su patio se enfrascaba en largas partidas de ajedrez, o simplemente a disfrutar de las páginas de periódicos, revistas y libros –su otra gran pasión, la lectura–.

Los afanes literarios convirtieron a don Jorge en un activo promotor cultural. Publicó numerosas obras en verso y en prosa, desperdigados en periódicos y revistas. También cultivó la teosofía y la amistad de importantes referentes de esa corriente, como José María Marsal y Viriato Díaz Pérez, además de otros importantes nombres del mundo cultural de Paraguay.

Cargado de años, de hijos y nietos, en 1974, se apagaba su fecunda vida. El 1º de enero de este año,  sus familiares y quienes le conocieron, en un modesto acto realizado en el puerto capitalino, recordaron el centenario de su llegada al Paraguay. 


“Hermano arroyo”

Hermano arroyo,
permite a este mi cuerpo
que se refresque en tus agu
 Verónas,
a este cuerpo, que es un sagrado templo
de mi espíritu, de tu espíritu hermano.

¡Oh tú, divino arroyo!
Que a todo a quien te busca
le colmas de tus gracias, generoso;
sin esperar que te respondan: Sigues

siempre caritativo tu camino
serpenteando entre las praderas,
a veces soñoliento
y otras cantando, cuando te despeñas
contra las rocas mudas
que se hallan a tu paso.

Permite, hermano arroyo,
que sumerja mi cuerpo
en el diáfano cuerpo de tus aguas
y que así confundidos
sintamos la hermandad en cuerpo y alma.  

Fuente: ABC Color.
Basado en la publicación de Luis